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Déjà vu

O más exactamente, déjà vécu, que diría un francófono «fisno»… Porque el martes pasado volví a trabajar a mi antigua oficina. Estoy en el mismo despacho (como podéis ver en la foto, mi nombre sigue en la puerta después de casi seis meses), en el mismo ordenador, haciendo el mismo trabajo… pero por arte de ETT, cobrando sólo una fracción de mi antiguo sueldo. En fin, cosas de las relaciones laborales modernas y funcionales. Será sólo por unos meses, antes de cambiar el poblachón centroeuropeo por el manchego y (supongo) siempre quedará bien en mi currículum esta fugaz rentrée.

No parece ser esta una situación atípica en las instituciones europeas, donde casi un 25% del personal es eventual. Y todos sabemos que eventual equivale a precario y resulta una bonita muestra de cómo las instituciones públicas dan ejemplo de políticas laborales socialmente responsables… ya saben, haz lo que digo, no lo que hago.

Los lunes sin sol

El INEM granducal, en el que ahora mismo están inscritos 15 704 parados, entre ellos un servidor, que sitúan la tasa de desempleo en un astronómico 6,5%.

Hola.

Ja, ja… si antes erais pocos, a estas alturas no debe quedar nadie que lea este blog que, por razones varias (la principal entre ellas —sí, lo reconozco— cierta holganza vital) ha terminado por convertirse en un gran y pretencioso bluff.

¿Por qué, entoces, retomarlo ahora?… Un poco por vergüenza propia y un mucho porque parece que la «aventura» toca a su fin. Y porque comienzo a notar ese regusto amargo de las cosas que se terminan, que suele venir acompañado de una urgencia febril y atolondrada por intentar aprehender todo con gran intensidad, como intentando que deje huella… en fin, eso de ser consciente de ver las cosas por última vez. Y sobre todo, las cosas pequeñas, las nimiedades que hacen que todo sea (un poco) diferente y que son las que comienzan a escasear en estos tiempos de globalización obligada.

En la foto podéis ver el edificio de la Administración del Empleo, el ADEM, en el que cada cuatro semanas disfruto de una breve conversación con mi simpático «acomodador (placeur) profesional» (hay afortunados que tienen cita con una joven placeureusse, no vayáis a pensar que todos los funcionarios son señores grises y aburridos), quien después de preguntarme amablemente si ha habido alguna novedad, estampa en mi tarjeta (azul) del paro la fecha de nuesto próximo tête à tête.

Cada uno de los casi 16 000 parados inscritos en el ADEM firma una Convention d’activation, una especie de contrato en el que amablemente nos detallan una serie de informaciones importantes y PERSONALIZADAS, a saber:

- Mi situación actual: fecha de inscripción como «demandante de empleo» (que no parado) y profesión.

- Mi diagnóstico: que después de varias entrevistas en algunos de los muchos despachos del edificio, resulta favorable, «no existiendo impedimentos mayores que dificulten mi inserción laboral». He tenido suerte y a pesar de mi peculiar uso del idioma francés, me han declarado «apto», porque un diagnóstico calificando tu  trayectoria profesional como «frágil» o «atípica» (como es el caso de un amigo, doctor en filosofía) te asegura una plaza en alguno de los muchos cursillos de aleccionamiento, donde intentarán remplazar los pájaros de tu cabeza con modernas interpretaciones de la clásica servidumbre al capital.

- Mis derechos: A recibir asistencia activa en mi búsqueda de empleo, a recibir ofertas de empleo acordes con mi perfil, a ser miembro del «Club de los Parados», ¡uy! perdón, «Club del Empleo» y, casi lo olvido, a recibir mi prestación por desempleo, claro.

- Mis obligaciones (que también las hay): de buscar activamente un empleo, de utilizar todos los medios a mi alcance en su búsqueda, de notificar cualquier cambio en mi situación, de acudir al ADEM cuando así me lo pidan y de presentarles, siempre que estimen oportuno, mi dossier personal, en el que debo haber ido detallando todos mis esfuerzos (infructuosos) por encontrar trabajo.

Al final del documento, nos recuerdan amablemente que el encontrar un empleo depende sobre todo de nosotros mismos y que es una ocupación a jornada completa, en la que debemos emplear el 100% de nuestro tiempo… aunque yo no termino de entender porque un empleo «normal» ocupa sólo el 33% de la vida de una persona y el empleo de un parado debe ser del 100%. Pero como me tengo por un ciudadano observante de la legalidad vigente (y por si acaso) ya he comenzado también a soñar con que busco un curro.

Es muy de agradecer el caracter personalizado del documento (sobre todo en una circunstancia tan delicada) y por fin siento que una Administración muestra algo de sensibilidad y empatía por mi y que no me trata como un simple número más. Y por eso, no puedo evitar el preocuparme cuando leo las últimas lineas, en las que insisten en la importancia del look (sic), la vestimenta… y la higiene personal. ¿Será por eso que sigo en paro?

PD: En fin, nada más lejos de mi intención que mofarme de una Administración que me ha reconocido UN año de paro después de haber trabajado UN año… y sin haber cotizado UN sólo euro en el país… creo.

El mismo grupo de conejos asaltacarros que intentó agredirnos en Luxemburgo, ha sido visto en Polonia planeando similares fechorías…

Instantánea del cabecilla de la organización criminal y su lugarteniente, tomada en en Nowa Huta, cerca de Cracovia (Polonia).

Mientras hacíamos nuestra compra semanal en el súper del barrio, comenzamos a ser presa de una extraña sensación. A pesar de que el aceite y los macarrones, los yogures de soja y el tofu estaban en sus estantes habituales, notábamos algo raro en el ambiente y el desasosiego no paraba de crecer. Sin poder identificar su origen, seguimos llenando el carrito de la compra alegremente… hasta que los descubrimos: cientos de pequeños conejos orejudos que seguían atentamente nuestras evoluciones por la tienda, con la intención de asaltar, en la esquina del pasillo de las galletas con la sección de chocolates, nuestro carrito repleto de zanahorias (que estaban de oferta ese día). Menos mal que un surtido de huevos de chocolate les hizo resbalar y errar en su objetivo…

Conejitos, conejos y conejazos, huevos de colores, de chocolate y de chocolate de colores… a pesar del frustrado asalto, Monika disfrutó de lo lindo con semejante despliegue festivo, comparándolo, turulata, con la escasa oferta de parecidos artículos de aquellas tiendas de su infancia en fechas similares.

En grupo...

... o en pareja...

... de peluche...

... o mazapán...

... pegajosos...

... incluso de tendencias suicidas.

Huevos ya decorados para los más comodones...

... y rotuladores, tintes y pinturas para los más manitas... ¿qué color elijo?

Además de bandas de conejos delincuentes, el Granducado atesora otras costumbres pascuales, como grupos de niños que amenizan, carraca en ristre, las misas de jueves, viernes y sábado santo y continúan después dando la matraca por las calles del pueblo, recibiendo conejos de chocolate como premio. Si el domingo del Bretzelessonndeg (al que los franceses llaman de mi-carême), un hombre regala a su amada un bretzel, este recibirá a cambio un magnífico huevo de chocolate el lunes de pascua. Ese día, los nativos se van de “op d’Éimaischen”, vaya, a la fiesta de Emaús. Las Éimaischen son mercadillos que se celebran desde hace más de dos siglos, coincidiendo con la fiesta del gremio de los alfareros y por eso, además de los ya conocidos puestos de cerveza, salchichas y carnucias varias, las estrellas son los tenderetes de cerámica (algunos con maestro alfarero y demostración en vivo incluidas) y muy en particular los Péckvillchen, silbatos de arcilla en forma de pájaro, todos distintos e irresistibles para cualquier niño. Si quieren añadir uno a su colección particular, tendrán que visitar la capital o el pueblo de Nouspelt, al oeste del país, los dos únicos sitios donde se celebra esta tradición.

Nev’oh!

Ni hogueras ni ritos paganos… nada consigue ahuyentar al invierno y ayer sábado, después de timarnos con un par de días primaverales, el Gran Ducado (y medio continente) amanecieron nevados de nuevo. Menos mal que, como nos informó hace unas semanas Le Quotidien (decano de la prensa gratuita granducal), Luxair ha estimado oportuno poner a disposición de los ateridos residentes “vuelos suplementarios hacia el sol”.

Ya lo dijo la marmota… seis semanas más de invierno…

¿El biciski es ya disciplina olímpica?

Como marca la tradición, todos los años y siempre el primer domingo después de carnaval, en cada aldea, pueblo, ciudad e incluso en la mismísima capital, los nativos del Gran Ducado dedican la jornada a erigir grandes cruces hechas con los árboles de la última Navidad, paja y escamondadura, que asociaciones de jóvenes (sobre todo scouts) han ido recogiendo durante las semanas anteriores. Celebran así el Buergsonndeg o «domingo de las antorchas» y es al oscurecer cuando la fiesta comienza, al quemar las cruces (previa procesión de antorchas desde la iglesia más próxima) y con ellas, simbólicamente, también al invierno.

Tan montaraz y pagana costumbre viene de lejos y parece ser que ciertas tribus celtas ya se montaban saraos similares para invocar la llegada de la primavera, personificada en el dios Grannus. Buergbrennen significa en luxemburgués algo así como «castillo ardiente», aunque parece ser que el origen de la palabra Buerg en este contexto (Burg en alemán) no tiene nada que ver con «castillo» si no con el verbo latín «comburo» (quemado), ya que los romanos celebraban también con hogueras la llegada del año nuevo el primer día del mes de marzo.

En Luxemburgo (ciudad), la cruz la montaron en pleno centro, en el valle de la Pétrusse, al pié de una enorme cuesta que la nieve y el barro convirtieron en una gigantesca pista de patinaje, propiciando cómicos resbalones que hicieron las delicias del público presente.

El fin del invierno y la llegada de la primavera, el triunfo del calor sobre el frío, de la luz sobre las tinieblas… una excusa más para trasegar (otra vez) vino caliente y cerveza fresca y familiarizarse con especialidades locales como el Ietsebulli (crema de gisantes), la sopa de cebolla y las ubicuas salchichas… que, por razones obvias, no conocemos ni conoceremos.

El cortejo de antorchas, llegando al pié de la cruz.

¡Que comience la fiesta! A veces, en los pueblos, es una pareja de recién casados la que prende la cruz.

Adiós, invierno... ¿adiós?

Sintiendo el calorcito de semejante hoguera, no pude evitar acordarme de aquello de “no juegues con la lumbre, que te vas a mear en la cama”...

Las ascuas volando. Luego caían todavía incandescentes, haciendo peligrar gorros y melenas.

Un Árbol de Navidad, auyentando al invierno...

... y un bombero, disfrutando del único día del año en el que les dejan provocar incendios.

El señor del gorro se resbaló y a punto estuvo de terminar en la hoguera. El pobre se debió hacer daño y por si acaso se lo llevaron en ambulancia... ya saben, a 80 euros el trayecto...

La hoguera ya apagándose y al fondo, la cuesta-pista de patinaje, por donde algunos inconscientes intentan volver a sus casas.

Y ahora, a calentar la tripa...

¡Lorenzo!

Sí señor, hoy, dieciséis de febrero, la meteorología local ha tenido a bien regalarnos con un magnífico día de sol, el primero desde… uf, mejor no pensarlo. Y a pesar de seguir siendo invierno (reparen ustedes en la nieve que cubre el parquecillo), el amigo Lorenzo ha lucido con descaro durante toda la jornada. Reconozco que la nostalgia me ha podido y viendo cómo el día se asemejaba tanto a los inviernos de Madrid (fríos y soleados), con sumo gusto he sacrificado la hora de comer para poder darme un garbeo y procurarme un buen chute de vitamina D.

¡Lorenzo, tío, dichosos los ojos...!

La plaza de la estación, en obras, aunque soleada.

¿Quién ha dicho que los luxemburgueses no tienen sentido del humor?

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